sábado, 25 de febrero de 2012

La niña fea. (Ana María Matute). PODCAST Y COMENTARIO








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“La niña fea”. Un comentario.

Una primera lectura de “La niña fea” podría hacer pensar que estamos ante un texto moral, incluso moralista, y también romántico como sinónimo de reblandecimiento sentimental y ofuscación del juicio. Sin embargo, con apenas ciento cincuenta palabras Ana María Matute nos describe un universo ajeno a la moral y al romanticismo fácilmente interpretable con claves nietzscheanas.

La niña del cuento es rechazada por las otras niñas debido a su fealdad: la juzgan fea, es decir, no de su gusto, indeseable porque les molesta su fealdad, y la relegan a la soledad, a la incomunicación. La fealdad de la niña parece consistir más en una falta de ornamentos y en un ser físico neutro que en una irregular conformación anatómica: su color es el de la tierra, el de lo inerte.

Nietzsche calificaba al hombre como animal que juzga, es decir, que crea escalas de valor al no poder evitar introducir sentido, cualquier interpretación, en los fenómenos. Por eso no existen fenómenos morales, sino interpretaciones morales de los fenómenos. Desde el momento en que toda forma de vida interpreta y enjuicia, estas ficciones son inevitables. De lo que se trataría es de que lo vivo cree ficciones que no contradigan su esencia: la voluntad de poder como impresión al devenir del carácter del ser. El artista sería, pues, el más fiel representante de este necesario juego de ficciones al dar forma al caos, al crear una ficción que se sabe como tal. También el paganismo, un ideal (una ficción) que refuerza la vida, con la creación de mitos apegados a la naturaleza, constituye una ciencia fiel a la ficción. Y toda ficción, toda vida se remite a su origen en esa síntesis de fuerzas que es el mundo inorgánico, donde no reside el error, pues no ha lugar ni a las interpretaciones ni a los juicios: ahí la comunicación es perfecta.

La niña fea es juzgada por las otras niñas, que no pueden hacer otra cosa ya que les resulta desagradable: no se trata de un juicio moral, ni se puede juzgar moralmente a las otras niñas, pues sólo son animales que juzgan, y al carecer de moral los animales escapan al juicio moral. El juicio estético de las niñas no relega a la niña fea a la incomunicación, sino que la remite a su única comunicación posible con aquello con lo que sólo puede comunicarse: con el mundo inorgánico. No sólo no hay crueldad, ni mucho menos motivo para la pena, sino que tampoco hay tragedia, pues la niña fea carece del heroísmo del artista que crea ficciones, que da forma al caos de su apariencia con una envoltura interpretativa cualquiera. La niña fea, como en un rito pagano, no lucha y sigue su destino como también lo hacen las otras niñas, como lo hace todo en el Universo: llega la niña fea a su máxima y última posibilidad regresando a lo que no juzga, a lo que no yerra, a lo que no incomunica: a lo que tanto ella como las otras niñas son en el fondo de su apariencia.

miércoles, 22 de febrero de 2012

AJEDREZ ENTRE ARTISTAS IGUAL A TABLAS: MARSHALL Y TARTAKOWER CONTRA DUCHAMP


En 1930, en la Olimpiada de Hamburgo, Duchamp, que jugaba con negras, se las tuvo que ver con Marshall, y consiguió hacer tablas después de ofrecérselas a las blancas.
Mi ignorancia me impide saber si en realidad había alguna opción de victoria tanto para las blancas como para las negras.

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Y en 1929, en París, Duchamp, que de nuevo jugaba con negras, se enfrentó a Tartakower. En un final bastante poco brillante por parte de este último, Duchamp arrancó unas meritorias tablas.

sábado, 18 de febrero de 2012

¡Libros, vendo libros, chorizos, tuercas, palomitas!


Mi relación con los libros es asquerosa: no permito que nadie les quite el polvo (y en algunos casos el polvazo) que tienen. Qué quieren, estoy convencido por pura pereza (y por contemplación de los pordioseros y por experiencia propia el día que no me ducho) de que la suciedad aísla y, por lo tanto, conserva. Algo parecido le dijo un bibliófilo amigo a Jünger. (Esto, por supuesto, lo añado para secundar mi estupidez con algo de inteligencia, pues al fin y al cabo por los dos caminos se llega a la misma fosa – séptica).


[Quédense con este mozo (tampoco es tan difícil…), Christian Bale. Les demostraré que es pura Literatura][1]

Así pues, los libros, si no es para leerlos (y lo de releer es un mito, se lo aseguro, idéntico al de la existencia de la inteligencia artificial y, por extensión, la vida inteligente en la Tierra), mejor ni rozarlos. Y esto es así porque poseen la fatídica y fastidiosa cualidad especular de delatar a quien los manipula. De hecho, padezco la certeza de que todos los que tratan con libros se convierten (los pocos, si alguno, que aún no lo eran) en idiotas de tomo y lomo.

En efecto, no hay como tratar a un manoseador de libros para tropezar con una acémila libresca (que ya quisieran literaria, ya). De los editores no voy a decir nada – no voy a decir nada más que todo lo que ya he dicho de ellos, y esto aunque jamás he conocido a un editor, es decir, a alguien que no se limita a ir de su ordenador a la imprenta, de la imprenta al escaparate y del escaparate a la caja registradora. De los lectores no voy a decir nada – por educación, temor y temblor. Así que dedicaré unas palabras a mis amigos ¿los periodistas? No. ¿Los reseñadores? No, no. ¿Los cinéfilos? Que no… A los tenderos.

Y seré breve, porque lo malo, si breve, molesta menos. Recuerdo (ya ven que soy viejo) que era una hermosa mañana hasta que dejó de serlo. Y no dejó de serlo porque hubiese entrado en una librería, que lo hice. Y no dejó de serlo porque me hubiese acercado a la vendedora (que lo hice, y en haciéndolo todavía se me alegró más el día). Dejó de ser un buen día cuando pregunté:

-¿Tienen Bouvard y Pécuchet?


[Bouvard y Pécuchet, ¡¡¡¡¡LA PELÍCULA!!!!!]

Y la sedosa tratante de palabras me respondió:

-¿Es una novedad?

Por supuesto, se lo perdoné, porque me dio la oportunidad de seguir mirándola embobado. Pero la mañana dejó de ser hermosa.


[Ejemplo gráfico de librera a la que le perdonas no saber que Flaubert murió en 1880][2]

También he de recordar la mañana (y con esto no quiero presumir de madrugador: lo más probable es que fuese al mediodía) en la que pregunté a mi librero de cabecera:

-¿Tenéis el Corpus Hermeticum?

Y él, todo lo serio que se puede ser detrás de un mostrador, me escupió:

-Será “hermenéutico”…

Pero nada de todo esto llega a algo comparado con la parasitaria simbiosis internáutica (originaria de la caverna más profunda, quizás de Atapuerca, entre un tonto y un malo, vínculo inextricable hasta que el planeta se deshaga) de lector fisiológico, periodista, cinéfilo, reseñador y traficante de artefactos.

Sucede que estoy suscrito, vía correo electrónico, a las novedades de algunas editoriales. Y no hace mucho abrí el correo y vi esta cosa:


Ojo al dato: “La novela en la que se basa la película de Zhang Yimou protagonizada por Christian Bale”. Repito el reclamo: “La novela en la que se basa la película de Zhang Yimou protagonizada por Christian Bale”.

Y yo, que aunque viejo me temo que soy un niño (“Boys will be boys”), me asombro, quedo anonadado, me aterro – y voy a la página de la editorial.

Pero es para ir de mal en peor…


Imagino que a buen entendedor, menos libros.



[1] Fotografía tomada, vía Google, de http://www.loscuentosdelfaraon.com/agreden-a-christian-bale-en-china/. Por si las denuncias...
[2] Y esta imagen, también vía Google, sale, como por arte de magia y gracia, de esta página: http://www.nerve.com/scanner/2010/04/19/survey-eight-percent-of-librarians-have-had-sex-in-an-elevator. Por si las denuncias – siempre, aunque sean publicidad, de mal gusto.

viernes, 10 de febrero de 2012

Portnoy’s complaint.(1969). Phillip Roth (1933 - )



ROTH, Philip. Portnoy’s Complaint. London: Corgi Book, 1971.


[Wasserschlangen. Klimt]


                Alexander Portnoy has to make a complaint, or two, or three, well... so many! Let’s say he’s definitely not happy at all to have met himself and cannot but shout it to the world. We can feel his agonic pain line after line, sometimes expressed with light humour, some others with bitter irony, sometimes in an exhausted whisper, others at the highest pitch of his angry voice screaming. The result is a hilariously funny novel, vibrant, visceral and full of wit.

                Alex is talking to his psychiatrist about his difficulties to deal with life and, in particular, with sex, which he sees as a symptom of a long-life education based on fomenting feelings of guilt. He knows he is intelligent, he has a terrific job in Washington, he’s an attractive man or… isn’t he? There is something he’s not very proud of: the appendix on his face which betrays him mercilessly and lets everyone know of his origins: his unmistakably JEWISH nose. Yes, Alex Portnoy is Jewish, Jewish, Jewish. This fact is an obsession for him and a burden as heavy as a millstone round his neck. If this was not enough of a problem, there is one other appendix in the lower part of his body which gives him even more trouble: his penis! It seems to have a life and demands of its own, and all the lust it provokes makes him feel like a sinful pervert, an outcast.


[Lubricity. Alfred Kubin]
               
                Poor Alex feels crushed by the colossal heaviness of his Jewish family, the ever ubiquitous mother and the dedicated father who sacrifices his whole life on behalf of his wife and children to the point of self-annihilation (p. 7). For his parents (and especially for his castrating mother) he is still a baby and is expected to follow their advice and life pattern: to create a family of his own. They need him as if he could save them from pain and even death! For Alex, this sensation is devastating, because he can’t forget how much he owes them but also knows he is no saviour and simply wishes to make his own choices in life. And, unfortunately, a family is not among them. Why should he do so, why choose one single woman, he wonders, when each one of them is so different from another and they all have so much pleasure to offer?



[Liegende Frau. Egon Schiele]

                Yes, shame, shame, on Alex P., the only member of his graduating class who hasn’t made grandparents of his Mommy and his Daddy. While everybody else has been marrying nice Jewish girls, and having children, and buying houses, and (my father’s phrase) putting down roots, while all the other sons have been carrying forward the family name, what he has been doing is – chasing cunt. And shikse [attractive gentile girls] cunt, to boot! Chasing it, sniffing it, lapping it, shtupping it, but above all, thinking about it. Day and night, at work and on the street- thirty-three years old and still he is roaming the streets with his eyes popping. (p. 112). 

                They all have cunts! Right under their dresses! Cunts- for fucking! And Doctor, your Honor, whatever your name is- it seems to make no difference how much the poor bastard actually gets, for he is dreaming about tomorrow’s pussy even while pumping away at today’s! […] How much longer do I go on conducting these experiments with women? How much longer do I go on sticking this thing into the holes that come available to it- first this hole, then when I tire of this hole, that hole over there… and so on. When will it end? Only why should it end! To please a father and mother? To conform to the norm? (p. 114).


[Girl in Yellow Drapery. Godward]


                After spending most of his adolescence locked up in the toilet giving himself pleasure, he meets several girls, but his affairs never last much more than a year.  Inevitably, after a few moths “lust peters out” (p. 116) and he leaves one girl after another. What about love?, he asks himself, and his own answer follows: love doesn’t last forever, just like desire. He would rather give it other names: convenience, apathy, fear, exhaustion, inertia (p. 117), and he will not go for that.

                But then there is this oppressive feeling of guilt (so familiar to Kafka, also a Jew) that he can’t get rid of every time he meets his parents or enjoys sex. And why is it that it seems to be different for the goyim (Christians), who practice sex without so many moral dilemmas?, he wonders. These are the reasons why we find him talking (and talking and screaming and yelling) to his psychiatrist. The question is… does doc understand? Did he get a single word?

                Jewish or goyim, our lives are so full of taboos, repressions, inhibitions and prohibitions, no matter how senseless and idiotic they seem. But they are extraordinarily successful in managing to “create in only a few years’ time a really constrained and tight-ass human being(p. 88). The result is but a walking zombie (p. 140), complains Portnoy.



 [The Nightmare. Henry Fuseli]

                Why do we force ourselves, generation after generation, to narrow down our human possibilities? Must we seek (and impose upon others) the force of the group? Why not allow individual choices which make us all grow and move further (let’s not forget Nietzsche: follow your own path to become who you really are)? Are we born with roots or (in Fernando Arrabal’s words) just with feet (no more and no less!)?. Why can’t a family be supportive instead of destructive? Portnoy, Black Door, we can’t stop laughing (and crying) with you.


[The Luncheon on the Grass. Manet]

sábado, 4 de febrero de 2012

Franz Kafka, ajedrez y un doctor llamado Franz Kafka


A vueltas con Kafka y el ajedrez, sí. Me pregunto si no será cuestión de mitomanía y de querer dar más prestigio a lo prestigioso que a uno le gusta, algo parecido a cuando se buscan lumbreras que hayan nacido bajo tu mismo signo zodiacal.


[Capablanca]

¿Jugaba Kafka al ajedrez? Yo no recuerdo haber leído en ningún libro que se mencionase tal cosa, y puede ser que me falle la memoria, porque la vida de Kafka está registrada casi al milímetro y al milisegundo, y aunque fuese como anécdota, se habría escrito sobre el caso. La única referencia de Kafka al ajedrez de la que tengo fiel constancia se encuentra en uno de sus diarios de viaje: el 16 de julio de 1912, mientras descansaba en el Instituto Naturista de Rudolf Just, en Jungborn, escribe entre paréntesis: “Me molestan cuando escribo unos ajedrecistas que están descansando y no paran de hablar”. [p. 650] También creo recordar (pero siento no poder confirmarlo con la cita correspondiente) que Kafka utilizó metafóricamente el nombre de alguna pieza de ajedrez en una carta a Felice Bauer. Y, si me permiten el juego de palabras, teniendo en cuenta que “Bauer” tiene, entre otros significados, el de peón, cada vez estoy más convencido de que el contacto con Felice representó lo más cerca que Kafka estuvo del ajedrez.

A Kafka lo interrumpieron los parlanchines ajedrecistas (y qué ajedrecista no lo es una vez terminada la partida y estando todavía ante el tablero) mientras describía la tarde pasada en las ferias en compañía de un grupo de seis niñas de entre seis y trece años. Mientras estuvo en Jungborn, Kafka tenía otras cosas en las que fijarse (“Dos chicos suecos guapos con las piernas largas, tan bien formadas y tensadas que casi le da a uno ganas de pasarles la lengua”) y que hacer (“He posado desnudo para el Dr. Schiller. Sin bañador. Experiencia exhibicionista”), y no parece que se hubiese acercado a los ajedrecistas ni para jugar ni para mirar. ¿Y qué auténtico aficionado al ajedrez desaprovecharía la ocasión de ponerse junto a un tablero? Lo único que Kafka puede decir es que los ajedrecistas le molestan, claro, porque ya no están jugando en ese silencio que tan bellamente describe el poeta chino Bai Juyi:

A LA ORILLA DEL LAGO

A la fresca sombra de los bambúes,
dos monjes de la montaña, sentados,
se enfrascan en su juego de ajedrez.
Nadie los ve a través de la espesura.
Pero de vez en cuando se percibe
el ruido de una pieza que se mueve.

Aunque parezca que me he perdido (y uno no siempre se pierde para mal), no me salgo del camino que aquí he abierto. Porque es ahora cuando entro en materia.

Solamente en Internet he encontrado “información” sobre las relaciones entre Kafka y el ajedrez. En la siguiente página http://rogerlp.blogspot.com/2009/10/kafka-chess.html puede leerse, en inglés, un artículo de Gustav Skämt que también se encuentra en alemán (http://schachpralinr1.blogspot.com/2011/10/franz-kafka-und-das-schach.html) y en español (http://www.tabladeflandes.com/frank_mayer/frank_mayer227.html). El texto, pues, parece tener gran aceptación. Pero que algo se repita, aunque sea una mentira, no se convierte en verdad.


Me llama la atención en el texto que se diga que en la biblioteca de Kafka se encontraban estos libros: Das Endspiel im Schach, de Hans Fahrni; 300 Fins de Partie, de Henri Rinck; Handbuch des Schachspiels, de Bilguer; Fünfzehn Ausgewählte Partien des Schachmeister turniers in Kaschau 1918, de J. Mieses; así como varios números del Časopis českych Šachistů & Deutsche Wochenschach, y numerosos recortes de la columna de ajedrez de Zlatá Praha. Y me gustaría saber la fuente de esta información, porque, por ejemplo, consulto el libro de Jürgen Born, Kafkas Bibliothek, y no encuentro ningún título, ni de libros ni de publicaciones periódicas, relativo al ajedrez. Aunque reconozco que tampoco el libro de Born es la última palabra, pues tampoco recoge ninguna obra de Freud y, sin embargo, parece haber constancia de que Kafka leyó y anotó con fruición La interpretación de los sueños. (Así lo afirma Sander L. Gilman en “A Dream of Jewishness Denied: Kafka’s Tumor and ‘Ein Landarzt’”).

Por lo que cuenta Skämt, existe un cuaderno naranja, a buen recaudo en la Bodleian Library de Oxford, en el que Kafka no sólo tiene anotaciones sobre ajedrez, sino que también contiene dibujos de ajedrecistas. Si bien sabemos que todavía quedan documentos de Kafka por salir a la luz, al menos yo nunca había oído hablar del tal cuaderno naranja.

Según el artículo, Kafka participó en varios torneos (en 1916, 1917, 1921 y 1922) y, por lo visto, ganó el segundo. Y yo, incrédulo de mí, no lo veo nada claro. Y, es más, insisto, ¿cuáles son las fuentes? Pero el caso más llamativo no es otro que el de la simultánea que Capablanca jugó en Praga los días 10 y 11 de octubre de 1911. Desde luego, la imagen es atractiva: Capablanca contra Kafka. Casi nada. Aunque tal vez más atractivo hubiese sido una partida Alekhine-Kafka…

Si leemos las entradas del diario de Kafka alrededor de esas fechas, observamos que Kafka estaba, por aquella época, completamente entregado a la causa del teatro yídish. El día 10 de octubre escribe: “Anteayer con los judíos en el café Savoy”. Tal vez fue allí y entonces cuando Kafka vio alguna partida de ajedrez. Porque el argumento según el cual Kafka participó en el campeonato debido a la popularidad del juego y de Capablanca, se desintegra kafkianamente cuando se recuerda la entrada del diario del 2 de agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. – Por la tarde, Escuela de Natación”. Sí, parece que Kafka se dejaba arrastrar por la corriente de los grandes sucesos…

Y, en fin, puestos a buscar en Internet (http://www.saarschach.de/thread.php?postid=37734), también encuentro lo siguiente:


Y esto puede ser tan mentira como el resto, pero, qué quieren, porque me hace gracia y siempre tuve debilidad por el Doppelgänger, me quedo con esto.

Por lo tanto, este artículo mío es bastante inútil, pues sigo sospechando que Kafka o no sabía jugar al ajedrez o el ajedrez le interesaba (y le influyó) tanto como, qué sé yo, la cría del percebe en maceta, y, desde luego, mucho menos que los aeroplanos, el cine, las motocicletas o la carpintería.

Pero dejó aquí, para amenizar el texto y para engrosar postmodernamente esa verdad internáutica de las mentiras repetidas, el vídeo de la celebérrima partida entre Capablanca y Kafka. Y es que ya lo decía Flaubert en su Diccionario de prejuicios: “AJEDREZ (juego del). […] Demasiado serio para ser un juego, demasiado fútil para ser una ciencia”.

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BIBLIOGRAFÍA

BORN, Jürgen. Kafkas Bibliothek. Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag, 1990.

FLAUBERT, Gustave. Estupidario. Diccionario de prejuicios. Madrid: Valdemar, 2000.

CHEN, Guokian (ed.). Poesía clásica china. Madrid: Cátedra, 2002.

KAFKA, Franz. Diarios. Barcelona: DeBolsillo, 2006.

ROLLESTON, James (ed.). A Companion to the Works of Franz Kafka. New York: Camden House, 2002.