miércoles, 28 de marzo de 2012

D. H. Lawrence, el fénix o el puercoespín


LAWRENCE, D. H. Reflections on the Death of a Porcupine and other Essays. Bloomington: Indiana University Press, 1969.

Recuerdo la visita al cementerio de Père Lachaise: no encontramos la tumba de Benjamin Constant, a pesar de la amable disposición de un buscón, pero sí la aburrida lápida de Proust convenientemente engalanada con una magdalena. Poca cosa esta en comparación con el jardín botánico del panteón de Allan Kardec.


[La tumba de Kardec en Père Lachaise. La fotografía es de la Wikipedia. ¿He hecho bien la “attribution” y me libro de una denuncia por parte del artista?]

En Père Lachaise pude distinguir cuatro tipos de visitantes: los necroturistas, los buscones de placer, los necroturistas buscones de placer, y los devotos de Kardec. Hacía unos quince años que no me reencontraba con Kardec. Por supuesto, me refiero a su nombre. Por aquellos años andaba yo leyendo más que Cervantes, cualquier cosa: es lo que tiene la juventud: una salud carroñera. Hoy mi estómago, casi ya bovino libro, sólo me consiente rumiar dos o tres textos raídos y ablandados.

Kardec, Blavatsky... Cuando se inauguraban el positivismo, el culto al progreso, el materialismo y el imperialismo, en los Estados Unidos y en Europa había quien deseaba demostrar no sólo la existencia de lo sobrenatural, sino también su realidad nada irracional y, por lo tanto, su relación con los fenómenos de la Naturaleza empírica. A partir del magnetismo animal de Mesmer, comenzó la manía de hacer de lo sobrenatural algo natural. Al mismo tiempo, hubo quienes reducían lo espiritual a lo terrenal y lo racional a lo irracional, pero estos eran tipos como Nietzsche y Freud. Por otra parte, Blavatsky, por ejemplo, decía atenerse a la verdad, a toda la verdad y nada más que a la verdad. Como Freud, por ejemplo.


[La madre de Helena Blavatsky. Iba a poner a la hija, pero ¿han visto las fotografías?]

Tal vez el caso más memorable sea el de la relación entre Henry Slade y Zöllner. ¿Y no se dedicó Newton al estudio de la alquimia? Slade y Zöllner por lo menos se dedicaban a algo más serio: la cuarta dimensión. Y es la cuarta dimensión lo que he vuelto a encontrar esta semana mientras traducía “Reflections on the Death of a Porcupine”, de D. H. Lawrence. Ya sabía que eso de la cuarta dimensión había calado en el siglo XX: al último que se lo había oído mencionar fue a Duchamp, pero en esta ocasión, como todo que tiene que ver con Duchamp, la cosa era bastante más racional de lo que alguno pensaría: la cuarta dimensión tenía que ver más con Einstein y Poincaré que con el fantasma de Canterbury. Pero todavía en el primer tercio del siglo pasado la cuestión de la cuarta dimensión estaba de moda. En una entrevista concedida en 1946, Duchamp, hablando de la época de los ismos, dice: “There were discussions at the time of the fourth dimensión and of non-Euclidean geometry. But most views of it were amateurish” (SANOUILLET, Michel & PETERSON, Elmer (ed.). The Writtings of Marcel Duchamp. New York: Da Capo Press, p. 126).


En 1925, D. H. Lawrence publicó Reflections on the Death of a Porcupine and other Essays. Es en el ensayo que da título al volumen donde más insiste en la cuarta dimensión. Al enunciar la tercera de las inexorables leyes de la vida, escribe: “That is to say, the ultimate source of all vitality is in that other dimension, or region, where the dandelion blooms, and which men have called heaven, and which now them the fourth dimension: which is only a way of saying that it is not to be reckoned in terms of space and time” (LAWRENCE, ob. cit., p. 210).

En el ensayo “Him with his Tail in his Mouth”, afirma que “Creation is a fourth dimension, and in it there are all sorts of things, gods and what-not” (p. 135); “In the fourth dimension, in the creative world, we live in a pluralistic universe, full of gods and strange gods and unknown gods” (p. 137).

Me ha costado leer a Lawrence. No estoy acostumbrado a estos galimatías, a esta mezcla de cultura libresca, ocurrencias propias, cínico (y lúcido) sentido común y extravagancias pseudomísticas y pseudointelectuales. Lawrence igual se aferra a Nietzsche (al que todavía no se le tenía ningún respeto): “This we know, now, for good and all: that which is good, and moral, is that which brings into us a stronger, deeper flow of life and life-energy: evil is that which impairs the life-flow” (p. 130); que demuestra no solo no entender a Nietzsche, sino ser, además, la antítesis de la probidad intelectual que Nietzsche no se cansó de defender, como se puede comprobar en las dos primeras páginas del ensayo “Blessed are the Powerful”.

Entiendo mejor a Heidegger que las explicaciones de Lawrence sobre la existencia, el ser y sus relaciones. No entiendo casi nada de este libro porque sólo veo una lógica: aquella antifilosófica actitud que hace precisamente del quod nihil scitur el fundamento de un conocimiento. Así es como se habla de la existencia de algo “desconocido” en lugar de confesar la propia ignorancia y la propia incapacidad de pensar. La “lógica” sería la siguiente: “No sé, luego lo desconocido existe”. Y una vez que se “establece” la existencia (¿o era el ser?) de esto “desconocido” (¿o era la cuarta dimensión?), ya es posible cualquier desbarre.


[La ilusión de Zöllner. No sólo Zöllner tenía ilusiones, sino que además cuando miro durante mucho rato esta imagen entro en la cuarta dimensión del sueño]

Miedo me da pensar, ahora que está de moda la Física y ya vamos por las once dimensiones, las combinaciones que se pueden estar haciendo con el Espíritu Santo y la ley de la gravedad. Quiero imaginar que Lawrence tenía mucha pena por no ser hispanohablante, porque “puercoespín”, si se fijan, contiene en sí mismo un “spin”: de ahí a “reflexionar” sobre la duodécima dimensión, sólo hay un erizo.

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