viernes, 27 de julio de 2012

La poética y por eso real luz interior


El azar ha vuelto a ponerme en contacto de forma consecutiva con dos de mis narradores preferidos: hace poco, con Jack London; ahora, con Robert Louis Stevenson a través de “The Lantern-bearers”.


[Robert Louis Stevenson. Obra de John Singer Sargent. Fuente de la imagen: Wikipedia]

En este famoso ensayo, escrito en 1888, Stevenson habla sobre el verdadero realismo, que él no encuentra ni en las melodramáticas novelas anglosajonas ni en las descarnadas obras del naturalismo francés, por ejemplo. Lo que falla en ambos casos, según Stevenson, es, sencillamente, su inverosimilitud, por mucho que autores, lectores y críticos se empeñen en denominar realista a ese tipo de Literatura; y lo que convierte en inverosímiles a esas novelas sería su decisión de o su incapacidad para reflejar la alegría de vivir incluso en el caso de un avaro o de un hombre que hace daño a los demás al caer en todas las tentaciones que se le ponen en el camino.

La alegría de vivir de la que habla Stevenson es el interior de cada hombre, ese interior donde habita el poeta que cada uno ha de ser para sentir alegría en la vida, en cualquier tipo de vida que se lleve. El hombre, entonces, a cada momento crea en su interior el mundo en el que realmente vive, y la Literatura que fracasa a la hora de dar cuenta de eso, falla y falta a la verdad, no llega ni siquiera a recrear la realidad y se queda muy por debajo de cada uno de los poetas que son los hijos de hombre y mujer que desean seguir con vida haciendo de su realidad escondida detrás de los ojos, fuera de la vista ajena, la ficción que es la existencia.

Esto del auténtico realismo me recuerda a la auténtica Literatura, al auténtico arte. No me gusta el adjetivo, sinceramente. El arte y la Literatura no necesitan adjetivos: se entiende que un poema ha de ser un buen poema, o no es poesía. Cuando se le añaden etiquetas a las obras, parece que es para indicarnos que con gran probabilidad no estemos ante Literatura, sino ante algo que se le acerca mucho. De ahí la novela rosa o la negra, o la literatura infantil y juvenil. Algo parecido sucede, desde mi punto de vista, con los “ismos” en las artes. Pienso, por ejemplo, en el impresionismo y en el expresionismo en pintura: y si nadie puede negar la presencia del genio en los cuadros de Renoir y Grosz, tampoco habrá quien afirme con rotundidad que esos estilos, al apostar por ciertos recursos, sacrifican otras posibilidades. De hecho, ¿quién puede dudar que en Velázquez, pintor sin “ismo”, nos encontramos con el impresionismo y el expresionismo?


[Lloyd Osbourne fotografía a Stevenson. Fuente de la imagen: Wikipedia]

A la novela realista le pasa otro tanto. Primero habría que definir “realismo”; segundo, habría que ver si la obra se ajusta a sus propios principios; y, tercero, habría que sopesar si ese realismo abarca toda la realidad o bien a “realismo” se le tendrían que seguir añadiendo etiquetas para precisar su ámbito. Y por eso a mí me gustan London y Stevenson; me gustaban de niño y ahora todavía me gustan más. Para mí no escriben novelas ni cuentos “de aventuras”, por ejemplo; para mí escriben narraciones en las que el creador presta su voz después de haber escuchado no sólo las risas tontas, los llantos llamativos, los suspiros procaces o las palabras gruesas, sino, como dice Stevenson, también el canto del ruiseñor que encanta la vida y el silencio de todo el que resiste en el casi invisible desierto de la dignidad a secas.

domingo, 22 de julio de 2012

La Lógica Blanca de John Barleycorn


Quizás lo mejor hubiese sido haber escrito este texto como amanuense de John Barleycorn, como el muñeco de ese ventrílocuo para hablar con sus “espectrales silogismos despiadados”, como un “pesimista filósofo alemán”, pero sucede que hoy todavía no he empezado a beber y ya tengo ganas de escribir, y, además, como (nos) advirtió Jack London, el hombre “imaginativo”, a diferencia del estúpido, siempre lleva a cuestas el peligro de la Larga Enfermedad, la congénita “tristeza cósmica que siempre ha sido la herencia del hombre”. Por lo tanto, no hay diferencia: quien se ha encontrado con John Barleycorn por el camino ya sabe que “la intensidad y la duración son enemigos ancestrales, como el fuego y el agua. Son mutuamente destructivos. No pueden coexistir”. Esta lección la enseña la vida, y por si la vida todavía es capaz de hacer triunfar sus “mentiras vitales”, sus “verdades de segundo orden”, ahí están los libros, “los fantasmas de la esperanza que cubren tus estanterías […] todas las tristes quimeras de los hombre tristes y locos y de los apasionados rebeldes: tus Schopenhauers, tus Strindbergs, tus Tolstois y Nietzsches”.


[Jack London y Charmian. Origen de la imagen: Wikipedia]

¿Qué hacemos, entonces, con John Barleycorn? Si ya sabíamos, no nos dice nada nuevo; si queremos vivir, nos impide la salud del olvido. ¿Qué hacemos con quien “transvalora todos los valores. El bien es malo, la verdad es un engaño, la vida es un chiste”? ¿O tal vez no queremos olvidar, no queremos perder la consciencia, no queremos vivir? Porque John Barleycorn nos lleva por la vía de la muerte: refuta lo posible, desvela la verdad, pulveriza la vida, y su hedonismo es hastío. Y, sin embargo, mientras estamos vivos la única conclusión que podemos extraer es que queremos vivir. ¿Qué hacemos, entonces, con John Barleycorn?

Nos lo hemos encontrado por el camino, eso es todo, y desde entonces nos acompaña, nada más, y su Lógica Blanca, inexorable, es algo más que el leve e insidioso ruido de lo efímero, del paso del tiempo: es algo más porque es la voz de algo menos, de lo que está por debajo de la línea de flotación de lo mínimo, soportando todo algo: es la voz del silencio de nuestros huesos, de nuestros dientes, de nuestro pelo, de nuestros huecos, del ser en el ser vivo y de la nada en el ser, de lo infinito y lo infinitesimal, de lo que no vive sino que dura sin intención ni intensidad, de lo que no muere sino que se rompe, de lo inerte que nunca miente porque siempre calla y fundamenta las ilusiones de los sentidos.


[Firma de Jack London. Origen de la imagen: Wikipedia]

La Lógica Blanca de John Barleycorn no es parte de nuestra vida, sino la voz de la muerte que también somos. Y John Barleycorn quiere convencernos de que sólo somos nada y nada vale nada; pero nosotros, que todavía estamos vivos y sabemos de nuestra ficción, cuando podemos sonreímos en la cara de John Barleycorn y le damos las gracias por ser la memoria del cadáver que ya y también, pero no sólo, somos, y a veces jugamos con él igual que él juega con nosotros, y le hacemos creer que lo creemos ciegamente y nos valemos de su lucidez, y vemos, y utilizamos su energía y nos desvivimos en la intensidad.

Así que ya está escrito, y quienes no conozcan a John Barleycorn no entenderán, y para quienes sí lo conozcan todo esto está de más; y como sobraba y ha sido en vano, John Barleycorn nos guiña un ojo y nos dice: “Ya ves, todo es inútil. Anda, sírvete una copa y calla”.

miércoles, 18 de julio de 2012

Principios ajedrecísticos básicos para torpes


El ya un poco viejo (y no por eso menos recomendable) libro de Yuri Averbach, Lecturas de ajedrez, me hace pensar en todos los que sentimos maniática pasión por el ajedrez y como mucho nos acercamos a los 1600 puntos ELO.

Nosotros, los torpes del ajedrez, somos una fauna curiosa. Y numerosa. En los campeonatos nunca abandonamos la última fila, esa con los tableros de plástico, y no acabar en la última mesa ya es un triunfo. Somos los mirones que se acercan a los primeros tableros y nos quedamos observando con cara de entender y pensar y en realidad nos enteramos de lo mismo que un mal pintor ante un cuadro de Picasso. Y nos encanta todo lo que tenga que ver con el ajedrez: lo buscamos en las artes plásticas, en la Literatura, en la publicidad… Leemos, embelesados, libros como los de Averbach, en los que se cuentan anécdotas de los grandes maestros y en los que se enumeran las virtudes necesarias para ser un excelso jugador. Y, por supuesto, nos lanzamos a devorar manuales sobre aperturas, defensas y finales, y casi siempre pinchamos en hueso y se nos rompen los dientes de leche ajedrecísticos.

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[Quien esto escribe tenía la friolera de 1516 puntos ELO cuando jugó esta partida contra un rival de 1849 puntos. ¿Adivinan con qué color jugaba cada uno?]

Yo me pregunto: ¿Quién escribe realmente para nosotros, sobre nosotros? Y, sí, comprendo que no se haga, igual que entiendo que no se escriban libros para y sobre los malos escultores. Sin embargo… Sin embargo, yo no me conformo con esas valiosas limosnas que se nos entregan bajo títulos del tipo Mejore su nivel de ajedrez, Ajedrez para principiantes, o Por Dios, deje en paz el ajedrez. De ahí que haya decidido escribir los diez principios ajedrecísticos básicos para torpes:

1.       A los campeonatos lleva dos bolígrafos. Si escriben, mejor que mejor.
2.       Aseméjate a Capablanca y preocúpate sólo del siguiente movimiento. Esto te ahorrará dinero en libros y evitará la desilusión ante la imposibilidad de memorizar la más sencilla combinación.
3.       Si estás en la calle y un ajedrecista de los primeros tableros te pide fuego, déjale el mechero.
4.       Recuerda que nuestro estilo de juego tiene un nombre: “Jugar al toque”. Sé fiel a tu estilo y ¡llévalo hasta las últimas consecuencias! Además, es lo más ético: calcular es de mezquinos.
5.       Si juegas contra un niño que sentado ante el tablero apenas toca con los pies en el suelo, reza para que cuando te dé el mate no haya mucha gente alrededor.
6.       No te pongas más nervioso en las partidas rápidas que en las lentas, ni viceversa. Para nosotros no hay diferencia: pensamos lo mismo en veinte segundos que en veinte minutos.
7.       Si eres hombre y juegas contra un escote, aprovecha para disfrutar la deliciosa sensación de jugar por placer. ¡Lo importante es participar y divertirse, no ganar!
8.       Antes de entrar en la sala de juego, apaga el móvil. ¡No eres un estudiante de la ESO!
9.       “Jugar al toque” siempre ha de ir acompañado del juego psicológico. Ya sabemos que Fischer prefería los buenos movimientos, pero Fischer se volvió loco, ¿no?
10.   Sé educado. Para cagarte en la perra, juega por Internet.

domingo, 15 de julio de 2012

Oblómov, o la educación


Hace poco escribíamos sobre Almas muertas. Pues bien, parece que Goncharov quiso añadirle un capítulo extrayendo de la obra de Gogol uno de sus personajes, pues ¿no es Oblómov un Tientietnikov que ha decidido vivir en la ciudad? Tientietnikov, acordémonos, se despertaba tarde y tardaba de una a dos horas en restregarse los ojos…


[Iván Goncharov. Origen de la imagen: Wikipedia]

Todos conocemos la historia de Oblómov: básicamente, vive de alquiler en casas de las que ocupa y visita un par de estancias, apenas sale y se podría decir que no hace nada, ni siquiera atender las vicisitudes de su propiedad en el campo, de la que tendría que vivir de rentas. Vamos, algo así como un hikikomori de antaño.

Tengo la impresión, sin embargo, de que el objetivo de Goncharov no era la denuncia, a través de la caricatura y la sátira, de la pereza o de una visión idealista de la realidad. En ciertos momentos, Oblómov mueve a la compasión, pero prácticamente nunca a la mofa: le salva del ridículo su lucidez, porque no sólo es consciente de lo que hace y le pasa y de sus consecuencias, sino que además conoce las causas y las posibilidades con las que cuenta para cambiar las cosas. Y esta es la cuestión. Oblómov, alma cándida, es la víctima de costumbres que ha heredado a través de la educación y que sólo le hacen daño a él.

La obra, así, aparece como un tratado sobre la educación, o, más bien, sobre la mala educación. Los que se encargaron de formar al niño finalmente hicieron todo lo posible para crear al alguien tan inútil y soñador como bueno y lúcido, sin fuerzas para abandonar el camino que la costumbre le ha impuesto. Oblómov fue educado para vivir una vida peculiar, alejada del ruido y la furia, y tal vez su sufrimiento se deba más a la incomprensión y casi violencia que algunos a su alrededor ejercen sobre él, que a su propia dinámica y consciencia.


[Portada de la edición rusa de Oblómov. Origen de la imagen: Wikipedia]

En cualquier caso, encuentro en Olga, quien había sido su novia y que termina casándose con el mejor amigo de Oblómov, no sólo la contrapartida psicológica del protagonista, sino el personaje más interesante de la breve novela. Olga quiere vivir, quiere probar, quiere experimentar, y la plácida felicidad y seguridad de su matrimonio la dejan tan insatisfecha que regularmente cae en estados depresivos. Y su marido intenta tranquilizarla con explicaciones absolutamente estúpidas… Desde luego, Goncharov no es Ibsen, y es una pena, porque la novela Olga nos adentraría por otros vericuetos: los de la pasión que no cesa, los que se sustraen tanto a la buena  como a la mala educación.

miércoles, 11 de julio de 2012

Almas muertas. Letras vivas



[Gogol. Origen de la imagen: Wikipedia]

Encuentro un gran placer, y por partida doble, al leer a Gogol y su Almas muertas. En primer lugar, disfruto de esa teoría primera, previa a toda teoría teórica, del narrador omnisciente que al narrar en tercera persona se convierte, gracias a la inteligencia, el estilo y una locuacidad que no se calla nada, no ya en un personaje, sino, incluso, en el protagonista de la narración, ya que el mismo narrar por escrito es lo más importante, más, de hecho, que lo contado, al fin y al cabo no ya texto, sino pre-texto del narrar. Y disfruto, también y sin duda y muchísimo, de los hallazgos técnicos exhumados de las posibilidades literarias desde que Flaubert lo complicase y lo enriqueciese todo con aquello de que el autor ha de estar en su obra como Dios en la suya: omnipresente e invisible. De todas formas, ¿quién puede decir, incluso con toda la teoría de los últimos ciento cincuenta años en la mano, que el narrar de Fielding o Stern, por ejemplo, está “anticuado”, por no decir “superado”? Recordemos, para simplificar las cosas volviéndolas complejas, cómo Cervantes hace de la mera escritura y conservación del Quijote una soberna novela paralela, una meta-narración sobre el narrar y sobre el narrador. Todavía hay quien confunde autor con narrador, por cierto; pero yo daría una vuelta de tuerca y, recordando las palabras de Nietzsche, “Una cosa soy yo y otra mis escritos”, me atrevería a decir que incluso hay quien confunde al autor con quien “también” escribe, como si ser autor no fuese ya un papel más en la Literatura.

Y, en segundo lugar, disfruto con el arrollador humor de una sátira que, como toda buena sátira (por ejemplo, las de Persio), se ceba con la estupidez. Sátira sin satirismo, me parece, empapada de un fatalismo matizado de esperanza, lejos de un Voltaire, casi más sátiro que satírico. Pero, en definitiva, hablamos del humor que a monas y monos los desnuda de sus sedas; el humor que descubre las falsificaciones de los pedantes y los pícaros tanto en los hogares de los bien acomodados como en las cunetas, al borde de los caminos; el humor que llama a cada cosa por su nombre y de ahí que no vea la razón para denominar con otras palabras a la mediocridad, la zafiedad y el egoísmo nihilista, las auténticas almas muertas.


[Sobakevic, personaje de Almas muertas. Origen de la imagen: Wikipedia]

No es posible olvidar a Gogol. Ni el lector ni el escritor pueden hacerlo (ni falta que hace). Al escritor, Gogol siempre le recordará que la Literatura es, casi siempre, esa tragicómica confusión de lo sublime del narrar y lo ridículo que se narra. Y ya puestos a recordar, recordemos, de paso, el Ulises de Joyce, ¿verdad?

viernes, 6 de julio de 2012

PRISONS. Oscar Wilde

ELLMANN, Richard. Oscar Wilde. London: Penguin Books, 1987.                          
                        
We can but highly recommend a magnificent biography of Oscar Wilde by the author of other excellent biographies, such as Joyce’s: Oscar Wilde, by Richard Ellmann. Ellmann offers us his profound knowledge of Wilde with the utmost credibility, unaffected by his obvious devotion towards the writer and the person. The riches and precision of the vocabulary that he employs and the vast array of facts about Wilde’s work and life give the reader a sensation of following Wilde and even being an observer of his contradictions, delights, afflictions, and, what’s more important, of his development as a human being.

Ellmann starts every chapter with a quotation of Wilde’s words and after that provides us with a thorough display of details of his writings, life, relations, joys, and misfortunes. Under this light we confirm what we could glimpse when reading every one of his books, that Wilde was pure excess, just like life, and he could not be stopped by morals, even though these could (and did) crush him. “Though he offered himself as an apostle of pleasure, his created work contains much pain” (p. xiv).

He was the best company, witty and an unequalled conversationalist, always generous with his guests and acquaintances, lovers or even strangers. He didn’t receive the same token when he was accused of immorality and sent to prison. Most of his friends abandoned him and refused to help, and the few years he lived after being in jail he was ruined. He died in exile accompanied only by a couple of friends, Reggie Turner and especially Robert Ross, who never left him. His personality and his intelligence were not fit for the times, which were but rigid and hypocritical, and nothing was more alien to Wilde, whose passion for life was endless and could not possibly be hidden.

Life or art, what comes first? Both were irresistible for Wilde, but there can be no doubt when knowing him in such depth as Ellmann does: Life is generosity and splendor, but it comes second, as it can only imitate art, and only the latter can come near perfection and is a mirror to life. Art is the true creator, and only creators can shape life. This explains why Wilde was so careful with every detail, every word he chose, every garment he wore, his hair, his surroundings, his home and its decoration, etc. Everything had to be perfect, a work of art, for life deserves no less. Morality is only a constraint and limits the creator. Only intelligence and taste can prevail. That’s why he never confined himself to one specific faith or group (he played with the idea of becoming a Christian and joined masonry at the same time!). Why not taste them all? He had to be sent to prison by the society that he had exposed to put limits to his passion for life, and that killed him. We can imagine the suffering of such sensibility imprisoned. No blue china, no champagne, no books, no words, no air. A man of his delicacy could not survive the lack of beauty and the fetid air of jail. His purity was suicidal.


“Essentially Wilde was conducting, in the most civilized way, an anatomy of his society, and a radical reconsideration of its ethics. He knew all the secrets and could expose all the pretense. Along with Blake and Nietzsche, he was proposing that good and evil are not what they seem, that moral tabs cannot cope with the complexity of behavior. His greatness as a writer is partly the result of the enlargement of sympathy which he demanded for society’s victims” (p. xiv). “We inherit his struggle to achieve supreme fictions in art, to associate art with social change, to bring together individual and social impulse, to save what is eccentric and singular from being sanitized and standardized, to replace a morality of severity by one of sympathy” (p. 553).

Wilde, we dare add, couldn’t possibly have had a more appropriate name and definitely honoured it, as Ellmann’s biography depicts with such precision and elegance.

                                
[Poem from The Ballad of Reading Gaol]