sábado, 29 de septiembre de 2012

Los melocotones de Tolstoi


El tío Ephim envía a sus familiares melocotones que ha cultivado en su invernadero, y el campesino Tikhon los reparte entre su mujer y sus cuatro hijos, para asombro de estos, pues los confunden con manzanas y no saben qué es un invernadero. Llegada la noche, el padre les pregunta qué les ha parecido la fruta.


[Obra hecha con no sé cuántos miles de melocotones. Fuente de la imagen: http://mangasverdes.es/2008/02/05/24000-melocotones/. Sí, estaba complicado ilustrar este texto]

Serguey dice que ha plantado el hueso de su melocotón con la esperanza de que crezca el melocotonero. Vania disfrutó tanto que le pidió la mitad del suyo a su madre, pero tiró el hueso. Vassili recogió el hueso que había tirado su hermano, lo rompió y lo probó, y vendió su melocotón por diez kopeks. Por su parte, Volodia cuenta que se lo llevó a Gricha, su amigo enfermo. El padre le dice al primero que será un buen jardinero; del segundo afirma que es demasiado joven; al tercero le pregunta si quiere ser comerciante; y al último le dice que Dios se lo devolverá.[1]

Entre la última palabra que he escrito y esto que sigue puede haber pasado, tranquilamente, hora y media. He bebido agua, he fumado, le he echado un vistazo a una posición en el tablero de ajedrez, he escuchado música, he buscado imágenes para esta entrada, he pensado en la naturaleza de la estadística, he vuelto a fumar y cuando empecé a obligarme a sentarme de nuevo ante el ordenador, se me fue el santo al cielo de los melocotones.


[Scarlett Johansson y su escote, ejemplo de cielo de los melocotones. Fuente de la imagen: http://free-extras.com/images/scarlett_johansson_cleavage-3990.htm]

Porque quién me manda leer a Tolstoi cuando se pone alegórico y evangélico sin la excusa de lo ensayístico o autobiográfico… Pero es que no le tengo miedo a nada – y eso acaba conmigo. Así que ahora, al lío: He aquí un precioso cuento sobre el omnipresente y rastrero pragmatismo. Queda claro que Tolstoi critica con saña los comportamientos de Vania (un descuidado egoísta cuyo único interés es su propio disfrute, lo que redunda en que los demás pierden lo que tienen), Vassili (un estratégico mercader cuyo trabajo consiste en comprar  barato y vender caro, es decir, en cebarse con las necesidades ajenas) y Volodia (un filibustero de bienes eternos que se juega una recompensa celestial). El único que se salva de esta pseudoética de premios y beneficios es Serguey, quien devuelve lo que toma con la posibilidad de incrementarlo. ¿O no era este el mensaje del cuentecillo?




[1] TOLSTOI, León. “Los melocotones”, en Sus mejores cuentos. Madrid: Club Internacional del Libro, 1993, pp. 189-90. Traducción de ?

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