domingo, 17 de febrero de 2013

Diana de los que escriben


O “Elige con cuidado la metáfora”, aunque, en cualquier caso, da igual.

Imaginemos que quieres escribir y escribes. Imaginemos que quieres que te publiquen. Imaginemos que te dicen que el camino es largo y que para llegar a la meta hay que ir metro a metro pasando por cada etapa y dejando atrás jalones. Imaginemos que te dicen que hay que empezar desde la salida, de cero. Imaginemos que se te nota el desaliento incluso antes de empezar la carrera y te dicen que cambies lo horizontal por lo vertical y que para levantar un edificio y terminar en el tejado hay que empezar en los cimientos, desde abajo.

Imaginemos que ves cómo en un lugar los que escriben se reparten el territorio: en el subsuelo están los que se autoeditan y los que pagan el timo al intermediario o ladrón legal con la esperanza de que publiciten y distribuyan la obra; en el suelo están los que se dedican a vender cursos-taller de escritura y literatura en centros culturales y consiguen que una minúscula editorial les publique una obrita a cuya presentación acuden sus contactos de las redes sociales y un nutrido grupo de amas de casa; un poco más arriba, un poco por delante están los que han publicado en una editorial pequeña pero solvente y trabajan para ella o para cualquier otra como traductores; luego vienen aquellos a los que han publicado más de tres libros y han ganado algún concurso, no tienen que hacer el cretino en las redes sociales ni desplazarse de barrio en barrio para dar los cursos-taller porque les ponen el chiringuito el Motel Joyce de turno, y esto mientras esperan tan agazapados como conchabados en su corrillo a dar el último paso hacia la meta; en la meta están los envidiados, los que viven del cuento sin necesidad de cursos-taller y cuyos libros se exponen en las secciones de perfumería y complementos de los grandes almacenes, ajenos a la Literatura.

Imaginemos que nada de todo esto tiene que ver con la Literatura, que todos estos de los que hablamos son en esencia iguales. Imaginemos que tenemos la pésima idea de aconsejar a un joven que quiere escribir, escribe, quiere que le publiquen y desea vivir de la escritura. Imaginemos que le hablamos de la salida, la carrera, el camino, el metro a metro, la meta. Imaginemos que le hablamos de cimientos, suelo, pisos y tejado. Imaginemos que lo invitamos a que sea como los demás y a que se olvide de la Literatura. Imaginemos que lo invitamos a que se suicide lentamente para llegar a ser un animal que calcula y camina con los pies y las manos embadurnadas de mierda.

E imaginemos que si ese joven va a emplear la metáfora de la carrera, le decimos que sencillamente no participe, que no parta de la salida, que no vaya metro a metro, que se salga del circuito y se aposte, desde el principio, en la meta. Imaginemos que si va a emplear la metáfora de la construcción le decimos que si de verdad quiere llegar al tejado, que no pierda más tiempo y se ponga a fabricarlo.

Pero imaginemos que le describimos la realidad como Dante hizo con el infierno, y se la pintamos tal cual es, con su buen consejo de perder toda esperanza y su estructura en círculos concéntricos. Y que si necesita una metáfora, que utilice esta de la diana, porque si quiere dar en el centro, ha de apuntar precisamente al centro de la diana, y si la diana está a cierta distancia, ha de seguir apuntando a su centro pero con cuidado de que la flecha trace una parábola en el aire, de manera que siempre ha de ir en línea recta o apuntar alto y, en cualquier caso, sin esperanza alguna, es decir, con plena libertad creativa, es decir, sin mezclar el estómago y el mismísimo respirar con la Literatura, porque así dará en el blanco de la diana sin perder tiempo y verá, sin perder tiempo, que para escribir Literatura no hacía falta recorrer los círculos que rodean el centro, y que se puede acertar en el centro sin más consecuencias que dar de lleno en la Literatura para morir después de haber vivido.

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